Heme aquí otra vez.
Ya ha pasado más de un mes.
He vuelto sintiendo
cómo me inunda la derrota.
Cómo me inunda en un vaso aterradora;
envuelve y estimula mi memoria
para no dejar de atormentarme
con el frío yugo de lo cierto
que tiene la terrible realidad
de la desgracia.
Con mi cruz pretendo librarme
del mismo mal que me aqueja.
Es la desesperanza de lo evidente,
de aquella flaqueza inmunda e inevitable,
lo que en primer lugar me invita
cordialmente y sin rencor,
hundiéndome en sus profundidades traicioneras
con descaro absoluto y mi completa ceguera,
hasta ver el fondo para no ver más.
A mezclarme con el licor amargo de la culpa
y la acidez de la certeza de ser estúpido.
Entre lágrima y lágrima
de rabia, ira, odio y compasión,
bebo hasta la sal de mi desdicha
convertida y traducida en cristales sucios
de vergüenza,
exhibida y compartida como muestra
una vez más,
de la desdichada condición
de lo humano por excelencia
y del mundo vano que asecha
diario a diario al mugriento ser
que sin saber por qué lo habita.
Ya la triste angustia, sofocante y traicionera
va dando paso a la tan anhelada inconciencia.
Y luego todo se va borrando,
las vergüenzas, los miedos, los sueños;
todo va dando paso a un plano distinto,
donde aquello no tiene importancia...
donde aquello no vale nada...
donde aquello no existe...
donde ya no hay nada.
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