Sí, a ti me refiero, maldito lector.
¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí?
¿Por qué lees, con cruda indiferencia,
lo que plasmado en este etéreo lugar
aparece como un grito desesperado?
¿Has visto los flacos dedos que escriben,
los atribulados ojos que los siguen
o la acabada alma que los dirigen?
O mejor aún, ¿sabes quién soy yo?
¿Sabes si soy o no soy?
¿Si soy hombre o mujer,
si me gusta el café
o si amo a mi madre?
¿O si te amo a ti?
¡A ti!
¡Y quién diablos eres tú, desconocido!
Lo único que veo
son miles de conceptos,
huérfanos y ambulantes.
No te conozco, ni menos te amo.
No sé quién eres, no sé si existes.
No sé si te gusta el café
o si amas a tu madre.
¿La amas? ¿De verdad?
Ahora vete, no me hagas perder el tiempo.
Déjame en paz, no me sigas,
no me leas, que esto no es para ti.
No es para mí, pues ya está en mi cabeza.
No es para nadie,
ni para mi madre, que quiero tanto.
... que quiero tanto...
No es para el mundo,
después de todo, ¿quién es el mundo?
Solo un montón de desconocidos.
Como tú, lector. Como tú.