domingo, 12 de julio de 2009

Breve Historia de una Estrella

Vi nacer las estrellas antes de ser creadas,
pues he sido yo quien aun no ha despertado
junto a la muchedumbre armada de insultos espantosos
sobre las hojas caídas del coigüe en otoño.
Las vi tras las nubes omnipresentes,
tras los rayos del rey de los cielos,
tras los infinitos pesares de un suelo empantanado;
de ese, donde florecen los sentimientos
y donde mueren las alegrías sin ser gozadas;
donde yacen tranquilos los lirios despojados
y donde reptan insolentes las hierbas malas.
He surcado sin pena ni gloria por océanos inmunes
a la cólera del destino, y he sembrado rosas
invisibles, que no huelen, no hieren, no crecen.
He sido invadido por una plaga inexistente de termitas finitas,
todo, todo bajo la luz escarlata de estrellas sublimes.
Fui iluminado por una lluvia de cometas,
al tiempo que el granizo imprudente de la gente
golpeaba con furia desde el suelo a las nubes.
Fui inundado sin misericordia por la estampida implacable
del hielo impío de las redes que atrapan a las almas perdidas.
Todo, todo bajo la luz de las estrellas.

Un día cerré los ojos y lloré en medio de cojines cómodos de seda,
grité con furia y soledad en una pieza vacía y llena.
Árboles y flores me rodearon con sus sombras de colores
y grandes aves rapaces posaron su pérfidas angustias
sobre mi cabeza. Desgarraron mi sonrisa
y las alas de arcoiris que tuve alguna vez se marchitaron,
se arrugaron y volvieron grises de espanto
apiñadas junto al baile y a mi canto.
Mientras mi ser explotaba indeciso en mil partes iguales
un oscuro paraguas me cubría el cabello
y un grueso abrigo me tenía con frío y callado.
Voló (explotó) todo mi cuerpo junto a todo mi ser
desperdigando ingratitud a la inmensidad imprecisa
que con desgano engulló a otra víctima de la vacuidad;
mi esencia ya no existía ni yo mismo pude ser
pues no es posible que haya si no ha de haber.
En esa inexistencia incomprensible de pronto llegó de lejos,
desde dentro de lo que ya no era más, una luz difusa
esmeralda como las calles en la tarde,
cuando se ha de llegar al hogar. Un temblor surgió de la nada
y una pequeña fracción de amor (que duró algo, poco)
fue canalizada hacia cada rincón del orbe gris del olvido.
Y una luz, una luz escarlata, una luz de plata, brilló a través
del olvido y el sinsentido, del ser y del no es cuando
el tiempo y cada momento se separaban para siempre
para dar lugar a la eternidad infinita y sin memoria.

Fui expulsado del absurdo del azar
junto al sentido, sentimiento y a la causalidad.
Fui ahuyentado por mi mismo vacío existencial
del desgano infértil de la realidad. Comencé a crecer,
víctima de lujuriosos colores y llevado por la creciente tempestad
de esas termitas horribles, que engullen sin parar.
Aun así me encontré solo en la inmensidad,
ya entero, ya uno y aun así en soledad.
Mas llegó el día en que mi cuerpo tan vacío quedó
que una mariposa triste sin quererlo por mis ojos entró.
Y sola ahí dentro se posó. Y de ella nació una estrella,
inmensa y colosal, y una luz tibia, púrpura como yo,
creció con un apetito voraz. Y engulló la nada que quedaba en mí
y me transformé en ella y ella en mí, y miles de rayos brillantes
escaparon fuera de mí y miles de prolongaciones mías
fuera de mí. Y fue ella quien se transformó en mí y yo en ella
y en el mundo que conocí. Y el mundo que conocí se volvió negro
y de pronto fue engullido por el brillo inocente de oro
de la estrella insolente que decidió olvidarlo todo.
Y todo desapareció, todo lo que fue y lo que fui, se esfumó.
Todo, todo bajo la luz de las estrellas, estrellas que no son;
pues vi la estrella antes de ser creada, pues esa estrella soy Yo.

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